October 2025

Un Refugio Para los Maravillosos Endémicos del Macizo Colombiano

Traducido por Roger Rodríguez Ardila del artículo original en inglés en la edición de octubre de 2025 de la revista Birding.

Cuando llegué a la Reserva Natural El Encanto en enero, me recibieron abundantes aves, un ambiente apacible y la amable presencia de los dueños, la familia Molina Cruz. Brillantes colibríes pasaban veloces frente a mí en el jardín de flores, y más tarde, la Paloma Caminera Tolimense  (Leptotila conoveri) se asomó con cautela desde las sombras para devorar granos de maíz. Ubicado en el Macizo Colombiano, donde se unen las tres cordilleras de los Andes, El Encanto es actualmente uno de los principales destinos de aviturismo en el Huila; cuenta con 366 especies registradas en eBird. De hecho, una cuarta parte de todas las especies de aves de Colombia se ha registrado entre El Encanto y la vecina Reserva La Drymophila, propiedad de la misma familia. Ambas reservas albergan veinte especies extremadamente raras o endémicas de Colombia, lo que convierte a estos lugares en destinos destacados para observadores y fotógrafos de aves de todo el mundo.

Treinta años después de que Mélida Cruz Beltrán liberara una Tángara Pechirrufa (Tangara chrysotis) de la trampa de crin de caballo de su madre, la especie cambió el destino de Mélida al aparecer en la finca que ella y su esposo poseían. Esta tángara ayudó a transformar su propiedad de un albergue desconocido en un importante destino para la observación de aves. La Reserva Natural El Encanto ofrece a los observadores una vista cercana y personal de esta deslumbrante especie, que normalmente solo se deja entrever entre las hojas mientras forrajea en lo alto del dosel del bosque. Reserva Natural El Encanto, Colombia. Fecha desconocida. Foto © Michael Molina Cruz.

El entorno encantador y la asombrosa biodiversidad de estas propiedades podrían dar la impresión de que la familia Molina Cruz siempre disfrutó de una vida envidiable. En realidad, la historia está marcada por dolor, tragedias y dificultades económicas, que solo lograron superar gracias a la unión familiar y a una relación especial con las aves. Lo que ocurrió en El Encanto es una historia digna de contarse, y con permiso de la familia Molina Cruz, la comparto con ustedes.

En 1984, Mélida Cruz (actual matriarca de la familia) dejó la casa de su padre para unirse a su madre en otro pueblo. El mismo día de su llegada, los habitantes tuvieron que huir por la llegada de la guerrilla, que por entonces merodeaba libremente por esa parte de Colombia. Durante meses, Mélida y sus hermanastros vivieron en una choza de bahareque, mientras su madre y su padrastro hacían lo posible por alimentar a la familia y mantenerla a salvo. Mélida colaboraba recolectando palomas y aves cantoras de trampas improvisadas de crin de caballo para que su madre las vendiera en el mercado local. La tarea la entristecía, pues sabía que cada ave sería sacrificada por sus plumas o condenada a morir en una jaula. Sin embargo, entendía que su familia necesitaba cada centavo para sobrevivir.

Un día, entre los mieleros y toritos atrapados, descubrió un ave que la hizo perder la respiración de asombro: una tángara con mejillas doradas y vientre rojizo, cuya garganta y flancos brillaban en un verde indescriptible, con matices azulados. Sus alas y dorso mostraban ese mismo tono resplandeciente entre franjas negras. Mélida quedó maravillada al liberar sus plumas enredadas. Luego se detuvo a contemplar al pequeño ser.

“¡Vuela, bonita, vuela y no vuelvas a caer en esta trampa!”, le dijo mientras abría la mano y la veía alejarse. No era la primera vez que liberaba un ave, pero sí sería la última. Su madre, que había presenciado la escena, le prohibió seguir recolectando aves y pronto le consiguió trabajo cocinando para recolectores de café. Pese a lo duro de la labor, Mélida jamás se arrepintió de haberle dado libertad a aquel pajarito. Muchos años después, cuando ya era esposa y madre, esa Tángara Pechirufa (Tangara chrysotis) reaparecería en su vida, cambiando la historia de manera extraordinaria.

Mélida se casó con Antonio Molina, un recolector de café que soñaba con  tener su propia finca. En 1997 compraron 5 hectáreas de terreno en la ribera del río Guarapas. La propiedad poseía abundantes árboles y algunos potreros. Desmontaron el bosque y sembraron café al sol, como sus vecinos. Lucharon contra plagas y enfermedades, gastando casi todas sus ganancias en el pago de la deuda.

Una tragedia lo transformó todo: su primera hija, Helina, enfermó de leucemia y falleció cuando solo tenía cinco años de edad. Ella amaba la naturaleza, por lo que Antonio y Mélida decidieron, en su honor, cambiar el modelo de cultivo hacia la permacultura, permitiendo que la vida silvestre formara parte de la finca. A través de la siembra de semillas y la plantación de arbolitos, fueron transformando poco a poco su propiedad, a la que llamaron “El Encanto”, en un bosque notable con más de 40 especies de árboles y muchos arbustos. Aunque Helina no alcanzó a ver el bosque que sus padres restauraron en su memoria, este influiría profundamente en la vida de sus otros dos hijos, Michael y Anyela.

Michael no quiso ser cafetero. Como Helina, él sentía una cercana conexión con la naturaleza y pasaba el tiempo explorando el bosque alrededor de su casa. Entendió que había otras formas de ganarse la vida cuando sus padres, en un intento por aumentar sus ingresos, ofrecieron alojamiento a los viajeros que se dirigían al cercano Parque Nacional Cueva de los Guácharos. Además del alojamiento, la familia Molina Cruz empezó a ofrecer visitas guiadas a su finca de café orgánico. Su producción de café alcanzó un máximo histórico en 2009, lo que les permitió construir una ampliación a su casa para recibir a más turistas.

A Michael le encantaba escuchar las historias de biodiversidad e interconexión que su padre contaba a los visitantes. Observaba con orgullo cómo su enfoque integral de manejo de la tierra permitió que la finca calificara como reserva natural. En 2015, El Encanto pasó a formar parte oficialmente de la Red Nacional de Reservas Naturales de la Sociedad Civil de Colombia, un conjunto de propiedades privadas manejadas, al menos en parte, como hábitat natural. Tenía apenas 16 años cuando dejó su hogar para ir a la universidad en la cercana Popayán, donde estudió ecoturismo con el objetivo de hacerse cargo de esa área del negocio familiar.

La graduación nunca llegó. A pesar de su compromiso con la permacultura, las plantas de café no estaban completamente protegidas contra plagas y enfermedades, y la familia cayó en dificultades económicas cuando una plaga que azotó a toda la región destruyó sus cultivos. Además, dos años después de que Michael iniciara su carrera universitaria, su padre perdió un ojo y necesitó ayuda en casa. La familia perdió su primera fuente de ingresos cuando el Parque Nacional Cueva de los Guácharos, que había sido entregado a un concesionario local para su administración, cerró sus puertas. Los turistas dejaron de llenar las habitaciones en El Encanto. Como si fuera poco, su hermana Anyela, de tan solo 14 años, quedó embarazada.

Dado el ingreso tan impredecible que obtenían del cultivo de café, Michael propuso darle una nueva identidad a la finca como un destino para la observación de aves. Ya habían favorecido una alta diversidad de especies al intercalar el café con vegetación nativa y al instalar comederos de frutas y bebederos de colibríes. Para Michael, solo se trataba de dar a conocer la reserva. Antonio, sin embargo, había dedicado toda su vida al negocio del café, y la idea de apartarse de ese oficio le parecía absurda.

Sin desanimarse, Michael siguió adelante. Compró un viejo par de binoculares de la Segunda Guerra Mundial y el voluminoso libro de Steven Hilty, Guía de Campo de las Aves de Colombia. Empezó a observar aves en El Encanto y en fincas vecinas para identificar qué especies estaban presentes. Creó una página de Facebook para El Encanto y comenzó a publicar fotos de tángaras, mieleros y otras bellezas emplumadas. Cuanto más aprendía, más compartía en línea, y poco a poco un puñado de observadores y fotógrafos empezó a reservar las habitaciones que habían quedado vacías tras el cierre del parque nacional. Esta nueva fuente de ingresos permitió a la familia aferrarse a su tierra, aunque aún no era suficiente para salir adelante.

Luego llegó el 2017, cuando por primera vez Colombia registró la mayor cantidad de especies de aves en un solo día, el 13 de mayo: el Global Big Day. El interés por las aves de Colombia aumentó de inmediato. Con la esperanza de aprovechar esta ola de éxito, Michael, que en ese entonces tenía solo 19 años, contactó a varias empresas de ecoturismo y las animó a visitar El Encanto. Nadie respondió. Colombia rebosaba de tucanes y tángaras, y los grandes operadores de turismo no necesitaban desplazarse hasta una pequeña reserva natural en las montañas, sobre el diminuto pueblo de Palestina, para encontrarlas.

Entonces, una Tángara Pechirrufa (Tangara chrysotis)—ese pequeño pájaro mágico que, treinta años antes, Melida había liberado de la captura— apareció en El Encanto durante las horas más oscuras, casi como si viniera a salvar a la familia Molina Cruz de la ruina financiera. En realidad, la especie probablemente había estado revoloteando por los alrededores de El Encanto desde hacía tiempo, pero el primer registro en eBird en la reserva fue en 2015. A partir de entonces, las tángaras comenzaron a aparecer con regularidad en los comederos del albergue. El Encanto ofrecía a los observadores de aves vistas cercanas e íntimas de esta deslumbrante especie, que normalmente solo se deja entrever entre el follaje mientras se alimenta en lo alto del dosel del bosque —si es que llega a verse.

Corrió la voz entre los observadores de aves de que El Encanto no era simplemente un lugar agradable para visitar, sino un destino imprescindible para quien quisiera ver la Tángara Pechirrufa (Tangara chrysotis) en Colombia. Además, en la propiedad se descubrieron especies endémicas del país: la Paloma Caminera Tolimense (Leptotila conoveri) y el Gorrión Montés Oliváceo (Atlapetes fuscoolivaceus), ambas con distribuciones apenas mayores que las montañas circundantes. Poco a poco, a lo largo de los siguientes dos años, aquel puñado inicial de observadores y fotógrafos de aves se transformó en un flujo constante.

Toda la familia empezó a ilusionarse con un futuro ligado a las aves. Redujeron el cultivo de café y mantuvieron solo la producción necesaria para atender y vender a los huéspedes. Antonio, liberado del arduo trabajo de cultivar café, asumió la responsabilidad de mantener los comederos siempre llenos—una tarea exigente, pues algunos había que rellenarlos varias veces al día. Mélida continuó con las labores cotidianas de manejar la parte hotelera del negocio. Michael, ya convertido en un observador de aves experimentado, comenzó a guiar recorridos de avistamiento en la propiedad.

Mientras tanto, durante la crisis familiar, la hermana de Michael, Anyela, dio a luz a un encantador niño, Martín. Ella siempre había colaborado en la preparación de las comidas para los huéspedes y, ahora, con más clientes que nunca, encontró un espacio propio. Cuando Martín dejó de necesitar atención constante, asistió a la escuela de cocina y salió convertida en una chef consumada, que impresionaba a sus comensales (incluyéndome a mí) con atractivos desayunos, exquisitos almuerzos y cenas elaboradas. Sus platos estaban llenos de sabor y casi siempre decorados con flores comestibles.

Para 2019, parecía que El Encanto realmente podía convertirse en un albergue de alto nivel para observadores de aves y fotógrafos. La familia finalmente pudo pagar la propiedad, aumentar sus ahorros y plantar más de 2,000 árboles beneficiosos para las aves. Todo marchaba tan bien que Michael comenzó a soñar con comprar un carro nuevo: un Renault Duster, una camioneta 4×4 de gran altura al suelo, capaz de recorrer las empinadas trochas de los Andes.

La vista desde la Reserva Natural El Encanto, en el Huila, Colombia. 1 septiembre 2024. Foto © Roger Rodríguez Ardila.

También tenía en la mira una amplia extensión de bosque cercana. Tenía permiso del propietario para pajarear allí y, un día, en el lapso de una hora, quedó asombrado al encontrar más de 80 especies de aves alrededor de una sola higuera. En ese momento, hizo el voto de que, si la propiedad algún día salía a la venta, la compraría por el bien de esas aves. Los bosques estaban desapareciendo rápidamente a su alrededor y muchas parcelas de tierra estaban siendo taladas para sembrar interminables hileras de pitahaya. Recientemente había sido testigo de los efectos de la pérdida de hábitat cuando un bosque de bambú cercano fue talado y quemado para dar paso a una plantación de café. Ese bosque había sido el único lugar donde se encontraba, de manera local, el raro Hormiguerito Rabilargo (Drymophila caudata) y, a pesar de meses de búsqueda en zonas aledañas, nunca volvió a verlo.

La propiedad salió a la venta justo cuando Michael había ahorrado lo suficiente para comprar el carro de sus sueños. “Tuve que tomar una decisión”, me dijo. “¿Un carro para mí, o la tierra para las aves?”. Sonrió al recordarlo. “Elegí la tierra para las aves”.

No pasó mucho tiempo antes de que cosechara las recompensas de su decisión. Casi tan pronto puso un pie en la propiedad, descubrió un Hormiguerito Rabilargo, ¡la especie que había creído desaparecida de las colinas locales! Sin proponérselo, había protegido el hábitat de la misma especie que había buscado en vano durante casi tres años. En honor a esa pequeña ave, bautizó la nueva propiedad como Reserva La Drymophila, en alusión al hormiguero (Drymophila caudata).

Pero entonces, apenas unos meses después de haber invertido la mayor parte de los ahorros familiares en la compra del terreno, el COVID-19 estalló en todo el mundo y, el 20 de marzo de 2020, Colombia entró en confinamiento. Inicialmente, la cuarentena nacional estaba prevista para tres semanas, pero a medida que el virus seguía propagándose de manera imparable, el decreto se fue extendiendo una y otra vez, y El Encanto quedó sin poder operar durante 18 meses. La familia Molina Cruz se encontró en medio no solo de una crisis económica, sino existencial. Habían puesto toda su energía y recursos en el ecoturismo y, de repente, ya no había turistas. Para entonces, no solo tenían que alimentar a su familia inmediata, sino también a un sinnúmero de aves que consumían cantidades asombrosas de frutas, granos y agua azucarada. Debían seguir alimentándolas para que estuvieran allí cuando terminara la cuarentena y regresaran los turistas, pero era imposible saber cuándo ocurriría eso. Su pequeña finca no producía suficiente alimento para las aves, así que tenían que comprarlo, y eso implicaba también comprar gasolina para transportarlo. Los ahorros de la familia se disolvieron rápidamente. En la desesperación, Michael montó páginas web para vender café en línea y pedir donaciones a través de campañas de crowdfunding (financiamiento colectivo). No tenía idea de si lograrían recaudar lo suficiente para poner comida en la mesa, y mucho menos para pagar las cuentas, pero sentía que tenía que intentarlo.

Lo que sucedió superó los sueños más salvajes de la familia. Llegaron fondos desde todo el mundo, acompañados de mensajes de ánimo. El crowdfunding no solo proporcionó alivio económico, sino que también funcionó como un rotundo reconocimiento por parte de observadores de aves, fotógrafos y amigos, demostrando que El Encanto era una reserva natural de gran importancia y que los miembros de la familia Molina Cruz eran ejemplares guardianes de la tierra. Antonio, Melida, Michael y Anyela a veces se emocionaban hasta las lágrimas al leer las palabras de apoyo que acompañaban a las contribuciones. Esta vez, la familia había sido salvada nuevamente—no por las aves, sino por los observadores de aves que apreciaban su dedicación a preservar y fomentar un entorno de observación de alta calidad.

Con la renovada esperanza de que El Encanto sobreviviera, la familia aprovechó los solitarios días del confinamiento para aumentar aún más la biodiversidad de su finca y mejorar su capacidad para recibir turistas. Continuaron plantando árboles, mejorando las habitaciones para los huéspedes, registrando especies y alimentando a las aves. Michael publicó fotos en Facebook de tángaras, orquídeas y la increíble cocina de Anyela, para asegurarse de que El Encanto no fuera olvidado.

La recién adquirida, Reserva La Drymophila, también se convirtió en un proyecto durante la pandemia. Inicialmente, el terreno no era apto para el ecoturismo, ya que no contaba con caminos ni senderos. Sin embargo, a medida que Michael y otros observadores de aves atravesaban la maleza para descubrir qué especies habitaban allí, encontraron varias otras especies endémicas escondidas entre el espeso follaje; como el Tororoi Cabecirrufo (Grallaricula cucullata) y el Colibrí Cabecicastaño de Tolima (Anthocephala berlepschi) además de especies raras como el Tovacá Mirla (Chamaeza turdina). Poco a poco, la familia fue construyendo senderos e instalando comederos de aves para los futuros visitantes.

Antonio, siempre con la esperanza de atraer algunas de las codiciadas especies endémicas, comenzó a espolvorear pequeñas cantidades de granos y gusanos cerca de los miradores a diario. La Paloma Caminera Tolimense (Leptotila conoveri) fue la primera en llegar, pero pasaron casi 18 meses antes de que el Tovacá Mirla (Chamaeza turdina) y dos especies de antpittas finalmente se animaran a alimentarse en los claros—un tributo a la perseverancia de Antonio. También instaló una serie de comederos de colibríes y, poco a poco, durante los largos meses de la pandemia, fue recompensado con 16 especies de colibríes, incluyendo el Colibrí Cabecicastaño de Tolima (Anthocephala berlepschi), el Colibrí Picocuña Oriental (Schistes geoffroyi) y el Brillante Frentivioleta  (Heliodoxa leadbeateri). La familia Molina Cruz finalmente estaba lista para mostrar la Reserva La Drymophila cuando reabrieron El Encanto en octubre de 2021.

Cada miembro de la familia Molina-Cruz se enorgullece del aporte particular que cada uno brinda tanto a su negocio como a su hogar, la Reserva Natural El Encanto. Antonio (primero a la izquierda) y Mélida (cuarta desde la izquierda) compraron la propiedad en 1997. Antonio se encarga de mantener todos los comederos, mientras que Mélida administra la parte empresarial del albergue. Su hija Anyela (tercera desde la izquierda) es la increíble chef de la reserva, y su hijo Michael (segundo desde la derecha) es el coordinador de mercadeo, experto en medios y guía de aves. Las demás personas en la foto son parte de su equipo de apoyo. Martín (en primera fila) es el hijo de Anyela, quien se vislumbra como la continuidad del futuro de la reserva. Reserva Natural El Encanto, Colombia. 18 enero 2023. Foto © Mike Malmquist.

La familia no solo había sobrevivido a la pandemia; había aprovechado el tiempo de tranquilidad para fomentar una relación íntima con las aves. Los miembros de la familia aprendieron las vocalizaciones, los hábitos y los hábitats de un número creciente de especies raras, en peligro de extinción y endémicas, casi desconocidas para el resto del mundo. Además, se concentraron en cómo mejorar la experiencia de observación de aves para los visitantes, con más extensión de terreno, más opciones de avistamiento, más habitaciones para huéspedes y, sí, más especies por ver. Cuando reabrieron, estaban listos para llevar sus reservas a un nuevo nivel.

Hoy en día, El Encanto y La Drymophila son destinos de observación de aves de primer nivel en Colombia. La propiedad original de El Encanto cuenta actualmente con cinco habitaciones para huéspedes y un restaurante con capacidad para 40 viajeros hambrientos. Anyela se ocupa con esmero de preparar los desayunos para los observadores y fotógrafos de aves que desean partir hacia La Drymophila al amanecer. Los almuerzos, irresistibles, llenan las mesas del restaurante, mientras que los almuerzos de campo se presentan cuidadosamente envueltos en grandes hojas de hoja santa. Las especialidades de la cena de Anyela, como la lasaña de plátano y el asado huilense, se presentan de manera tan atractiva que los huéspedes con frecuencia toman fotos de sus platos antes de comer.

Las aves de El Encanto y La Drymophila ofrecen un festín visual de plumas en todas las formas imaginables y en todos los colores del arcoíris. Se han documentado cuarenta especies de colibríes en ambas reservas. Además, gracias a la cuidadosa ubicación de los comederos y miradores, la iluminación para la fotografía es exquisita, incluso para las especies más esquivas.

La labor de Antonio de alimentar a las aves es casi un trabajo de tiempo completo. En el transcurso de una semana, la comunidad emplumada consume 200 libras de plátanos, 55 libras de maíz y más de 4 libras de gusanos, mientras que los colibríes consumen néctar preparado con 25 libras de azúcar. Las fincas vecinas suministran gran parte de los productos necesarios, por lo que también se han beneficiado del ecoturismo de El Encanto.

Sin embargo, las aves no son la única razón para visitar El Encanto. La propiedad cuenta ahora con más de 70 especies de árboles documentadas y al menos 200 especies de orquídeas, que por sí mismas representan una atracción para los visitantes. El paseo hasta el río es un deleite para todos. En La Drymophila, los visitantes también suelen avistar Monos Maiceros (Sapajus apella) y otras especies de monos.

Sin embargo, la mejor parte de ambas reservas son las personas que conforman la familia Molina Cruz. Su felicidad es tan natural como el canto del tororoi, y todos los que visitan El Encanto no pueden evitar sentirse parte de ella. Tras conocer su historia, sé que una fuente de su alegría proviene de haber atravesado días oscuros y de emerger más fuertes y mejores. Además, cada miembro de la familia encuentra satisfacción individual al hacer una contribución particular al conjunto sinérgico.

Hay otro componente en su felicidad que toca lo espiritual: es la alegría que surge de no solo vivir sobre la tierra, sino vivir dentro de ella. La familia Molina Cruz ha enriquecido la comunidad natural que los rodea y se ha convertido en parte integral de ella. Dependen de las aves tanto como las aves dependen de ellos. Esta relación es la esencia misma de la interconexión: la supervivencia de individuos y especies gracias a intercambios recíprocos con otros individuos y especies. A través de la siembra de árboles y la provisión de alimento, la biodiversidad que fomentan y cuidan les proporciona un sustento que los acompañará durante mucho tiempo en el futuro.

Antes de salir de El Encanto, me dirijo con tranquilidad al patio trasero para echar un último vistazo a las aves que pudieran estar en los comederos. En el camino, paso por la pequeña tienda de regalos, donde Melida luce una sonrisa radiante frente a una fila de tazas de café, cada una con una de las interpretaciones artísticas de Michael de aves especiales que forman parte de su vida.

Sigo caminando y paso junto a la cocina, percibiendo un aroma delicioso mientras veo a Anyela y su asistente preparando el almuerzo del día. Ella levanta la vista y me saluda por mi nombre, un gesto impresionante en un albergue lleno de huéspedes. Antonio está tomando fotos de las aves alrededor de los comederos vacíos mientras los repone con plátanos y papayas. Michael también está allí y, al acercarme, sonríe y señala un comedero donde acaba de posarse una Tángara Pechirrufa. Observo cómo el ave despliega sus coberturas auriculares doradas mientras pliega cuidadosamente sus alas verdes y negras. No puedo asegurarlo, pero parece que el ave está mirando directamente a Michael. Es un espectáculo hermoso de ver.

Christina Devin Vojta is a wildlife ecologist and freelance writer who loves to connect people with nature through her writing. Christina worked for the U.S. Forest Service and U.S. Fish and Wildlife Service, and she is now the Audubon steward for Kachina Wetlands Preserve in Flagstaff, Arizona.